“Amabilidad” proviene del latín amare, que significa amar, y del sufijo ble, que indica posibilidad. Podríamos decir entonces que una persona amable tiene la posibilidad de amar y ser amada.

En hospitalidad, la amabilidad no es un gesto accesorio, es esencia pura. Se expresa en cómo nos comunicamos, en cómo miramos, escuchamos y acompañamos al otro. Y, como todo comportamiento social, puede aprenderse, entrenarse y potenciarse. No importa si recién comenzamos o llevamos años en este sector: la amabilidad nunca puede faltar.

Las neurociencias confirman lo que intuimos desde siempre, cuando somos amables, nuestro cerebro nos premia con refuerzos positivos que nos hacen sentir mejor. Ser amables nos vuelve más felices.

Si entendemos la amabilidad como la capacidad de amar y ser amado, y la hospitalidad como el arte de cuidar al otro, ambos conceptos se funden en un propósito mayor: servir desde el amor y la presencia.

Pero…¿por dónde empezar?

Por casa…la hospitalidad, como la amabilidad, comienzan por uno mismo.

¿Cómo podríamos cuidar y amar a los demás si antes no aprendemos a hacerlo con nosotros mismos? ¿Cómo ofrecer hospitalidad a un huésped, un colega o un miembro de nuestro equipo si no nos reconocemos, comprendemos, aceptamos, perdonamos y empatizamos primero?

Es una invitación a mirarnos con compasión, dejando por un momento las gafas de la autocrítica, la victimización, la autoexigencia o el ego. ¿Te animás a hacerlo?

Cuanto más me conozco, más puedo comprenderme, a mí y a los demás. Y esa comprensión me permite comunicarme mejor, empatizar más y construir relaciones más sanas. La calidad de nuestras relaciones será siempre proporcional a la calidad del vínculo que tenemos con nosotros mismos.

Por eso, desarrollar nuestras competencias socioemocionales no solo mejora el bienestar personal, sino también el profesional. Nos vuelve más plenos, más equilibrados y más conscientes en la forma en que servimos, lideramos y nos relacionamos.

Un abrazo,